Cerebro mágico
Cosas raras que pasan. Le cuento a un casi desconocido que este invierno posiblemente el Guitar Hero haya salvado mi vida, él me habla de un juego de su infancia llamado El Rescate Espacial y bla bla bla bla… Una cosa lleva a la otra y 3 cafés, una hora y 2 tequilitas después ya hemos repasado toda nuestra biografía pasada y posiblemente futura.
Volviendo a casa, esperando el autobús bajo una lluvia tonta que ni moja ni ná, no puedo dejar de quitarle el polvo a esos viejos juegos olvidados que encuentro en el trastero de mi cabeza.
El camioncito Duravit… el LudoMatic… el Mecano… los Rastis… el Cerebro Mágico….
Y ahí me paro.
¡¡El Cerebro Mágico, joder!! ¿Cómo puede olvidarlo? ¿Conocisteis el Cerebro Mágico? A ver… googlemos… hmmmmm. Si. Mirad, era este:

Era el típico juego educativo compuesto por una serie de cartulinas de colores con preguntas y respuestas y con dos cables con los que tenías que unir una pregunta con la supuesta respuesta correcta. Cuando lo hacías bien se encendía una pequeña bombillita y habías ganado. Había preguntas de matemáticas, historia… biología… literatura… ciudades del mundo… Al principio era divertido, casi todas las preguntas eran lo suficientemente fáciles para acertar a la primera y si no, arriesgabas… Hasta que un día te dabas cuenta, a base de jugar, que a la pregunta de la primera fila a la izquierda le correspondía SIEMPRE la segunda respuesta de la última fila de la derecha. Pusieras la cartulina que pusieras. Ya estuvieras hablando de los aztecas o de mamíferos invertebrados… la respuesta correcta siempre estaba AHÍ. Inamovible. Y lo mismo con todas las preguntas y con todas las respuestas. La segunda de la primera fila correspondía con la tercera de cuarta. La tercera con la última de la derecha… Y así TODAS.
No sé porque me acuerdo de esto ahora.
Recuerdo con ternura la sensación de euforia y orgullo por haber descubierto el truco cuando miré la parte de atrás del juego y descubrí los toscos circuitos que conectaban cada puta respuesta con su puta pregunta. Recuerdo esa emoción. Recuerdo esa vanidosa y torpe sensación de inteligencia.
Recuerdo como a partir de momento no perdí ni una partida.
Y recuerdo como al poco tiempo el juego empezó a aburrirme.
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24.04.08
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¿Así eran los ordenadores de su época, don Nadie?
Mi época todavía no ha empezado, amigo.
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