Secciones Fijas

Andrés

Andrés se levanta cada mañana, y antes de hacer cualquier cosa, antes de tomar el café, antes de besar a su pareja, antes de vestirse, entra en el baño, se sienta en la taza del váter y caga. Todos los días, religiosamente. Algunos minutos después siente el placer de la orina saliendo por su pene, y consciente de haber acabado, coge un trozo de papel higiénico y se limpia el culo, eliminando los restos de excrementos de su ano. Repite el procedimiento varias veces, tantas como sea necesario, hasta que se siente limpio y el blanco del papel no muestra el color marrón característico de las heces. Pero hoy se ha acabado el rollo de papel demasiado pronto, y Andrés se queda pensando unos segundos, encorvado como está en mitad del cuarto de baño, y dudando, se lleva lentamente los dedos índice y corazón al ano, y acariciándolo, se limpia, disfrutando de la sensación. Sin subirse los calzoncillos, se sienta de nuevo y observa sus dedos, manchados. Vuelve a dudar, los mete en su boca y los chupa con ganas, hasta que salen limpios de ella, exceptuando los restos que le quedan debajo de las uñas. Entonces se levanta, se limpia las manos con jabón y vuelve a la cama, donde le da un largo y profundo beso húmedo a su novia.

sebastianDell
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24.10.07
Lo bueno, Lo malo
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Nos vemos en los bares

Vengo, al igual que ya he hecho en mi blog personal, a despedirme de todos ustedes, aunque en su caso, voy a ser un poco más indulgente y me extenderé mucho menos. Verán, llevo algo más de tres años y medio escribiendo en esto de los blogs, y los últimos meses he tenido una terrible sensación de futilidad que ha ido creciendo y que como pueden ver, ha desembocado en este adiós. Así que ya lo saben. Me voy, me retiro, me largo a escribir una novela, una puta novela para ustedes, para bien o para mal. Si para cuando la acabe siguen ustedes por aquí, es posible que nos volvamos a ver. Si no, como decían aquéllos y titula esta entrada, nos vemos en los bares.

Disfruten de los que se quedan, pásenlo bien, sean buenos y si quieren algo, ya saben cómo y dónde encontrarme.

(No me refiero a que griten mi nombre o hagan sombras chinescas en el cielo de su ciudad; eso sólo les hará parecer un poco más locos de lo que ya están)

sebastianDell
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12.06.07
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No dejes que la realidad te estropee una buena entrada

Hace unas semanas, venía yo pensando en escribir una entrada acerca de cómo las máquinas expendidoras de tabaco, a diferencia de las de refrescos o productos alimenticios, nunca devuelven una moneda como no válida. No es que yo sea un fumador habitual, pero en ocasiones me veo obligado -con sumo placer por mi parte, cabría más- a realizar compras por cuenta de mi señora, que sí lo es. Durante todas estas adquisiciones, observé que nunca una de estas máquinas me había rechazado una moneda introducida, y concluí felizmente que el sistema de reconocimiento monetario -o como lo quieran llamar- utilizado era tecnológicamente superior al que utilizaban los señores de Coca Cola. A partir de eso, mi mente maligna quiso ver algún tipo de perversión procedente de las compañías tabaqueras y su empeño por acabar con la salud del mundo civilizado y el que no lo está.

Creo que al día siguiente de tener tal brillante idea, le pregunte a L. si ella había observado tal curiosidad, y para mi sorpresa me contestó que no, que a ella a veces estas máquinas le rechazaban las monedas. Aparte del hecho no totalmente prescindible de que suelo utilizar este tipo de máquinas tanto para comprar unas cosas como otras de forma más que esporádica, lo que no creo que pueda considerarse un campo de estudio demasiado fiable, su respuesta tiró por tierra mis esperanzas de revelarles un complot mundial de las compañías de cigarrillos, que no digo yo que no exista, sino que está claro que no es este.

Y todo esto, ¿a santo de qué? Pues verán, dicen que esto de los blogs et al. supone una amenaza seria para los periódicos tradicionales, y ya saben el lema -o lo que sea- ese periodístico que dice que no dejes que la realidad te arruine una buena noticia. Y estaba yo pensando, a raíz de todo lo que les he contado, la cantidad de historias que puede leer uno en los blogs -incluído el mío- como hechos probados y generales, y que una vez vistas de cerca no admiten el más mínimo análisis serio. Claro que a nosotros no nos pagan por esto, y a ellos sí.

Por cierto, ahora que caigo, ¿se han dado cuenta de que las máquinas de tabaco nunca rechazan las monedas? ¿No les parece sospechoso?

sebastianDell
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08.06.07
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No me cuentes historias

Aunque en un principio he dudado, después de pensarlo un poco y en mi condición de co-autor de Sociedadanonima.org, creo que tengo derecho a un poco de autopromoción, más teniendo en cuenta que no gano económicamente nada con ello. Así pues, les anuncio la edición de mi primer libro de relatos, No me cuentes historias [pdf, 500kb], recopilación de las historias de ficción escritas en mi blog y parcialmente en SA durante los últimos tres años y pico.

Espero que les guste.

(Actualización 04:00h. Para los interesados, el fichero ocupa ahora 500kb, por pequeñas modificaciones rectificando un par de erratas y actualizando el índice. El lunes lo reduciré a la mitad, que era lo que pesaba antes.)

sebastianDell
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01.06.07
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Concursillo (de marras)

Ya sé que no es muy habitual que yo ponga dos entradas seguidas, y más teniendo en cuenta la longitud de lo que suelo escribir, pero vaya, a falta de otros participantes aquí estoy yo. Y qué demonios, me apetece. El caso es que verán, el otro día, un compañero de trabajo me informó sobre un pequeño concurso literario que proponían Escuela de Escritores y la cadena SER. Los microrelatos debían tener un máximo de 600 caracteres y comenzar con la siguiente frase: «El candidato subió a la tribuna, se colocó ante los micrófonos y se quedó en blanco». Mis propuestas fueron las siguientes:

1) Con el alcohol de la noche anterior fluyendo aún por sus venas, le costó cerca de un minuto reaccionar; se sentía mal, muy mal. Qué estúpido puedes llegar a ser. Muévete despacio, chico, y nadie notará nada. Intentó sin éxito tragar saliva; tenía la boca seca, y aquella puta de protocolo no había puesto SU botella Evian en el estrado. Pensó por unos segundos en ella y sus tetas, pero una arcada que a duras penas pudo disimular y menos contener le hizo desaparecer de la tierra. Con el vómito saliendo a borbotones, no tuvo siquiera tiempo para desear estar muerto. Muerto, o muy lejos de allí.

2) Y al vacío le siguió el pánico. Y al pánico, el calor. Allí hacía mucho calor. Sí, seguro que sí, mucho, demasiado calor, sí. Su cuerpo se cubría de sudor y podía sentir cómo su carrera política se la comían las ratas, esas mismas que se extendían a sus pies; treinta mil fieles reconvertidos ahora en diligentes verdugos. No hubo aplausos esta vez; sólo unos desagradables murmullos. Ratas. Unas horas más tarde, una nota de prensa del partido convertiría su silencio en una escenificación de la incomunicación social, pero aquello no evitó que sus propias ratas se lo comiesen vivo.

3) Tranquilo, se dijo, y respiró profundamente, tal y como le habían enseñado en el curso de relajación. Se concentró en sentir el aire llenando sus pulmones, atravesando sus bronquios. Cerró los ojos un segundo, y se vió a si mismo volando por las inmensidades celestiales, flotando como un gorrión, entre nubes color pastel. Sin darle importancia, decidió prolongar su breve ausencia, y sonrió cuando un oso amoroso le saludó tres nubes más allá. Un huevo en mitad de la frente le sacó bruscamente de sus ensoñaciones. Soñar sí, pero cantar, cantar era demasiado hasta para sus votantes.

4) Miró su reloj como referencia temporal. Diez minutos, le había dicho su asesor. Todo eso de la concentración está muy estudiado, así que no lo prolongues más; sólo diez. Lo miró de nuevo. Qué dinero más bien aprovechado, demonios. Daba el pego totalmente. ¡Y qué bien funcionaba! Qué orgulloso se sentía de haber empleado bien su dinero. Lo volvió a mirar. Nueve y medio, y los aplausos habían acabado ya. De repente, el pánico le asaltó. ¿Había cerrado el butano? Dudó un breve segundo, y titubeando, se acercó al micrófono y gritó: “¡Pepe! ¡Sube a mi casa y mira si he apagao el butano, anda!”

Como se pueden imaginar, no he ganado, aunque no les niego que albergaba alguna esperanza de hacerlo. Pero ya saben la gilipollez esa que se dice de que lo importante es participar, ¿no?

(Y a ustedes, ¿qué les parecen?)

sebastianDell
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28.05.07
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Una extraña

«A la mañana siguiente, con un intenso dolor de cabeza y la boca seca como un desierto, abrí los ojos y ví aquella mujer durmiendo a mi lado. Hacía años que nadie se acostaba conmigo por propia iniciativa, por lo que asumí al instante que se trataba de una puta; tampoco tenía ánimos ni fuerzas para indagar mucho más, y me conformé con esa conclusión. La observé durante un momento; desde luego no era lo que se dice una prostituta de lujo, aunque al menos parecía limpia y no olía mal. Pagar una más cara hubiera sido tirar el dinero, si pensaba la cantidad de alcohol que había ingerido la noche anterior; eso me puso nervioso y busqué rápidamente mi cartera con la vista, pero un calambre que atravesó mi espalda me hizo desistir momentáneamente.

No recordaba haberla tocado, y sin embargo allí estaba ella, tumbada a mi izquierda y completamente desnuda. Intenté pensar, aunque toda la noche era una gran laguna con pequeños islotes donde mi memoria apenas podía aferrarse. Sentí hambre y sed; titubeé un momento, valorando mis posibilidades de éxito, y me levanté en busca de algo que comer y quizá una última botella de whisky que matar, sin suerte. Lo primero que me llevé a la boca me provocó unas ganas terribles de vomitar, y teniendo en cuenta que por lo poco que recordaba mi acompañante había bebido tanto como yo, era previsible que como pude comprobar no quedase una gota de alcohol. A duras penas volví a la cama, me tumbé a su lado con cuidado y la miré, especulando con su nombre. Las resacas me provocan ganas de follar, y podía permitirme pagarle un poco más, así que me incliné y le besé en la comisura de los labios, esperando una respuesta que no llegó. Al ver que no reaccionaba, le mordí el labio inferior y metí mi lengua en su boca; su sabor me provocó una larga arcada, pero lo que peor me sentó fue la rigidez de su lengua: la muy hija de puta estaba muerta.»

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26.05.07
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Miedo y asco en Valencia, o DEFCON 1 (we’re under attack)

Siempre me han fascinado los fármacos que alteran los estados psicológicos. Ya saben, los ansiolíticos, antipsicóticos, antidepresivos, etc. Me resulta alucinante que una persona deprimida por la muerte de un familiar se sienta feliz sin razón alguna, que alguien con pánico a cierta situación pueda comportarse con la mayor tranquilidad, o que un sujeto con agresividad sea más pacífico que un corderito. Sí, ya sé que estoy tomando casos extremos, y que por supuesto, las cosas nunca resultan tan fáciles.

Les cuento esto porque Samy (que es la misma que esta) tiene un problema que en cierto modo encaja con todo esto. Padece, según indicaciones del etólogo y diversos veterinarios, un problema de socialización temprana. Imagino que se hacen una idea de qué es eso, pero en cualquier caso, el asunto consiste en que nuestra perra pasó los primeros seis meses de su vida, los más importantes para establecer su relación con el entorno, en entornos relativamente tranquilos y cerrados, sin ser sometida a una gran variedad de estímulos. Estímulos que ahora es incapaz de reconocer, y a causa de eso, ahora no sabe distinguir qué es peligroso y qué no, por lo que le tiene miedo a todo. Personas, paragüas, motos, bicicletas, bolsas de plástico, carritos de la basura, etc. Como digo, básicamente a todo. Intenten hacerse una idea de lo que supondría para ustedes vivir así y verán.

Serían carne de psiquiatra.

sebastianDell
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22.05.07
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La postal

Hablaba a trompicones, como si las palabras se le agolpasen en la cabeza y fuese incapaz de ponerlas en orden, y con la resaca que yo llevaba, no estaba en condiciones de hacer un esfuerzo para descifrar todo aquello. Concentrado en luchar con un intenso dolor de cabeza, apenas era capaz de otra cosa que escuchar y transcribir sus ideas al papel; casi seis horas después, ignoraba hasta qué punto mis propias interpretaciones habían contaminado su relato, mientras su voz martilleaba en mi cabeza una y otra vez. Aparentemente al menos, nada tenía sentido.

No sé cuánto tiempo estuvimos; me debí quedar dormido en algún momento después de las cuatro de la madrugada, y para cuando me desperté, él ya se había ido. Dos días después, la policía recibiría una libreta que contenía detalles que sólo el asesino podía conocer, y no hicieron falta demasiados análisis caligráficos para conocer a su autor; les costó tanto encontrarme como condenarme. No tuve noticias suyas hasta varios años después, cuando recibí una postal sin remite que contenía una sola palabra: Gracias.

Al instante le reconocí en aquellas siete letras, pero incomprensiblemente, también supe que aquello lo había escrito yo.

sebastianDell
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20.05.07
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Irina

«El cerdo disfrutaba con ello, no me cabe duda. Lo normal es que primero me las follase yo, y aunque luego le tocaba a él, la mayoría de las veces no se las follaba, sólo les pegaba; imagino que por eso se esperaba hasta que yo había acabado. Le gustaba humillarlas, el muy hijodeputa se lo pasaba en grande. Decía que no merecían ser tratadas como seres humanos, y desde luego era fiel a esa idea. Siempre hacía lo mismo: se ponía de pie y arrodillaba a la puta delante de su polla. Entonces sacaba un billete de veinte euros y le preguntaba a ella si lo quería: ¿Lo quieres… puta? Su forma de decirlo me daba náuseas. Joder, el tipo estaba enfermo, pero el cabrón estaba podrido de pasta y se lo montaba de miedo; te lo pasabas bien y creo que por eso seguía yendo con él.

La primera hostia siempre pillaba a la puta por sorpresa, porque seguramente esperaba que él se la metiese en la boca o que se masturbase delante de ella. Pero las siguientes no. Y si alguna rechazaba la oferta inicial, él subía la puja hasta que ella acababa cediendo, y nunca, nunca, encontramos una furcia que se rajase. Él les seguía pagando con cada golpe hasta que acababa corriéndose. Alguna vez le dije que no era necesario, que la puta no iría a ningún lado si nosotros no queríamos, pero se negaba; siempre les pagaba antes. No sé cuanta pasta se dejaba cada noche, pero joder, te aseguro que mucha, muchísima. Supongo que quería sentir que la compraba, pero yo que sé, el muy cabrón estaba como una puta cabra.

Joder, me acuerdo muy bien. Irina, se llamaba; yo me la follé dos veces antes y desde luego sabía lo que se hacía, ya lo creo que sí. Te diría que la culpa la tuvo él, pero coño, qué quieres, le había dado cuatrocientos euros y aquella furcia rusa se apartó, y eso le hizo perder los estribos. No debería haberlo hecho; en ese instante supe que aquella zorra no volvería a follar más. De pie, esperó a que ella le mirase y le rompió un puto cenicero de mármol en la cabeza, y entonces le meó encima mientras ella se desangraba; reconozco que todo aquello me resultó bastante desagradable. En el ascensor, tuve que pegarle un tiro; la puta se lo merecía, pero él ya no era tan buena compañía.»

sebastianDell
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15.05.07
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María (tenía razón)

María es la feliz madre de tres niños -dos niños y una niña- y esposa desde hace diecinueve años de un hombre del que está locamente enamorada. Su vida roza la perfección, en todos los aspectos. Tiene un trabajo que le gusta, un marido que le adora y unos hijos encantadores. Sin embargo, hace mucho que María apenas duerme por la noche, porque a María le atormenta la idea de que una noche algún miembro de su familia la asesine mientras ella duerme. Aunque ella sabe que algo así es una locura, e intenta convencerse de que eso no puede pasar, también se dice a si misma que después de todo, a veces la gente se vuelve loca sin razón alguna, y no se puede hacer nada contra eso.

Una noche, María se levanta, va a la cocina, coge un cuchillo y uno tras otro, degüella a los tres niños y a su marido mientras duermen. Tras esto, contenta por haber encontrado finalmente una solución a su problema, María se mete en la cama y por primera vez en muchos años, mientras su familia muere desangrada, duerme toda la noche sin despertarse.

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27.04.07
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J.

J. nació el doce de octubre de 1965 en un pueblo de tamaño medio al norte de T.. Dotado de una inteligencia excepcional, desarrolló un precoz interés por la lectura y la escritura, devorando cualquier libro que llegase a sus manos. Gracias a una pequeña librería regentada por su abuelo, con sólo doce años había leído prácticamente todos los clásicos, y gastaba el poco dinero que ahorraba en novedades literarias inaccesibles intelectualmente a niños de su edad. Con quince años, ya tenía escritas tres obras de teatro, más de una docena de cuentos y un par de novelas cortas, aunque a decir por las anotaciones y rectificaciones que inundan estos textos, se sentía profundamente decepcionado por la carencia de fuerza y genio que encontraba en sus escritos.

Durante la primavera del 82, J. comenzó “Alcohol”, un ensayo de doscientas treinta hojas en el que analiza la relación entre el alcohol, las drogas y la literatura a través de autores como Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway o F. Scott Fitzgerald. En éste, la realidad y la ficción adoptan a menudo posiciones difusas, y la experimentación como fin en sí misma adquiere un papel vital durante todo el ensayo, no sólo en el plano literario sino también en el personal. Fiel a la precocidad que le condenó, en su búsqueda de un talento que nunca le faltó, y con tan sólo dieciséis años, desarrolló de manera consciente y voluntaria una adicción a las drogas y al alcohol que le condujo a la muerte siete meses más tarde y cuya radicalización es claramente apreciable hacia el final del ensayo. En éste, que quedó inacabado, puede distinguirse el genio que le dominó a lo largo de su vida así como el que le llevó a la tumba.

Aunque en algunas de sus últimas páginas, escritas pocas horas antes de morir, despliega una brillante falta de lucidez, esta obra no es considerada en ningún aspecto superior a sus primeros escritos. Es, únicamente, diferente.

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24.04.07
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up&sexy!

Cuando el otro día ví esta imagen en una marquesina, que no es la mujer del marqués, estuve tentado de hacerle una foto con el móvil, pero desistí pensando que cualquiera que me viese pensaría probablemente que mi motivación y opinión sobre la fotografía en cuestión era diferente a la que realmente era. Así que he recurrido a Internet, y creo que queda tan sólo aclarar que los conceptos de “sexy”, “femenino” y “seducción” están a años luz de estas imágenes, por mucho que el eslógan de la imagen diga:

«Sujetadores con aumento y efectos sexy, creados para presumir y seducir»

Juzguen ustedes mismos:

A alguien debería caérsele la cara de vergüenza en Women Secret por estas fotos, probablemente mucho más perjudiciales a cualquier nivel que las de Dolce&Gabbana.

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18.04.07
Todo lo demás, Lo malo
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Derechos del trabajador

- Eh.
- ¿Qué?
- He estado leyendo.
- Así que has estado leyendo. Qué novedad.
- Déjate de coñas, anda. ¿Sabías que tenemos derechos?
- ¿Derechos?
- Sí.
- ¿Derechos? ¿Qué derechos?
- Pues derechos del trabajador.
- ¿Qué?
- Derechos del trabajador.
- ¿Derechos del trabajador?
- Eso mismo: derechos del trabajador.
- Ya. Derechos del trabajador, ¿no?
- Sí.
- Ya.
- Que sí.
- Así que has estado leyendo.
- Sí.
- Y has estado leyendo que tenemos derechos.
- Sí.
- Derechos.
- Sí.
- Del trabajador.
- Exacto.
- ¿Y cuántos derechos tenemos? ¿Muchos o pocos?
- Hablo en serio. Me he estado informando.
- Te has estado informando y hablas en serio. Ya veo.
- No me estás escuchando.
- Pues no mucho, la verdad.
- Pues deberías, porque esto te interesa.
- Sí. Me interesa.
- Sí.
- ¿Eres consciente, querido amigo, de que somos asesinos a sueldo?
- Sí, pero también somos trabajadores. Y como trabajadores, la ley nos ampara.
- Asesinos a sueldo.
- Trabajadores.
- Matones.
- Trabajadores.
- Sicarios.
- Trabajadores.
- Bueno, como quieras. ¿Y dices que la ley nos ampara?
- Sí, ya te lo he explicado. Como trabajadores que somos, la ley nos ampara.
- Vaya con la ley. Qué bien me siento ahora que sé eso.
- Bueno, déjalo, veo que no te interesa.
- No, no, por favor. ¿Y qué derechos tenemos, si puede saberse?
- Pues derecho al desempleo, derecho a la jubilación, y otros que no me acuerdo.
- Y otros que no te acuerdas.
- (…)
- ¿Le has contado todo eso al jefe? Seguro que como empresario, le interesa.
- Guárdate tus ironías para mejor momento.
- Vale, haré un esfuerzo. ¿Y dónde, si puede saberse, has leído todo eso?
- En un folleto que llevaba Smith en uno de los bolsillos.
- ¿Smith? ¿Qué Smith?
- El sindicalista.
- ¿El sindicalista? ¿Qué sindicalista?
- Sí, coño, el que nos cargamos hace un par de semanas.
- Ah, sí. Smith. El sindicalista. Claro.

(…)

- Oye.
- ¿Qué?
- Pensaba que eras idiota, pero tienes que disculparme. Creo que en realidad no lo eres.
- Gracias.
- Creo que no eres idiota, sino profundamente idiota. Eso es lo que creo.
- Mira, olvídame. Ya me necesitarás, ya…
- Ya…

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13.03.07
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El fúrbol es asín

EL furbol es as�n

Lo sorprendente de todo esto es que luego vaya la gente echándose las manos a la cabeza por la violencia en el fúrbol

sebastianDell
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09.03.07
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Ella

Cada noche, cuando llegan las diez aproximadamente, dejo lo que estoy haciendo, cojo el coche y me acerco a su trabajo. Aunque ella nunca me lo ha pedido, no me gusta que tenga que volver sola a casa en bus a esas horas. Hay días que tengo que dejar la cena a medias, pero la verdad es que nunca se ha quejado por ello. Yo tampoco me quejo, a pesar de que alguna vez me haga esperar más de lo que cualquier persona consideraría razonable. Habitualmente, cinco o diez minutos, pero en ocasiones, se alarga hasta la media hora y en un par de veces, he llegado a estar sentado en el coche, impaciente, durante más de dos horas. Aunque es exasperante, he de confesar que cuando la veo salir por la puerta me olvido de todo, y me doy cuenta de que podría pasar una eternidad esperándola.

Después de tres años y pico haciendo todas las noches lo mismo, menos como es obvio fines de semana y festivos, días en los que ella afortunadamente no trabaja, reconoces a la gente de la zona; sus hábitos, sus entradas, sus salidas, sus caras. Algunos son regulares, otros no. Llegas, aparcas en doble fila, y esperas. Enciendes la radio, pero lo cierto es que a esa hora no ponen nada demasiado interesante, excepto los días de fútbol, así que te acomodas en el asiento, bajas la ventanilla, y observas. Y entonces ves a esa morena guapísima que pasa cada día en torno a las diez y veinte y por la que babearías si no estuvieses enamorado, claro. O a ese grupo de amigas que salen del trabajo a la misma hora, y se van juntas a tomar una cerveza. Al entrajetado del impresionante todoterreno negro con los mismos problemas de siempre para meter el coche en el garaje. O a ese otro que como yo, aparca en doble fila delante mío, y aguarda sentado dentro del coche, y posiblemente también escuchando la radio, a su novia. Ves a la mujer mayor empujando el coche en doble fila, a la gente que sale de clase a esa hora, a los que entran al videoclub y a los que sacan dinero del cajero. Te acostumbras a reconocer a algunos, a espiar una pequeña parte de su rutina diaria, como un voyeur esporádico, y eso ha acabado por ser agradable.

A veces antes, a veces después, ella aparece por el portal, con más o menos prisa dependiendo de lo tarde o lo pronto que haya salido ese día, y no puedo negar que en ese momento se me ilumina el rostro. A veces sonríe y a veces no; casi puedo adivinar su estado de ánimo por la cara que pone cuando abre la puerta de cristal al salir. Últimamente no esta atravesando una buena época; sólo con verla puedes adivinarlo. Entonces pasa al lado de mí coche, sin dirigirme la mirada, entra en el de ese chico, le da un beso, y desaparecen.

Como todas las noches, desde hace tres años y pico.

sebastianDell
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01.03.07
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Recomendación literaria

Es un poco largo -¡dos párrafos, válgame Dios!-, pero no me jodan que ya somos mayorcitos. Así que para mañana, me hacen cada uno de ustedes un resumen de tres líneas.

«Popularmente se supone que los africanos rebosan sabiduría indígena y conocimientos ancestrales sobre plantas y animales. Son expertos en su identificación por el rastro, el olor o las señales que dejan en los árboles y se embarcan en meticulosos análisis encaminados a determinar a qué planta pertenece una hoja, fruto o corteza. Para infortunio suyo, los occidentales suelen actuar de una manera interesada en sus interpretaciones. En la época en que se daba por sentada la superioridad cultural de Occidente, era intuitivamente evidente que todos los africanos se equivocaban en la mayoría de las cosas y que simplemente no eran muy listos. Por lo tanto, no era de extrañar que sus menten no fueran nunca más allá de sus estómagos. El antropólogo se encontraba de forma inevitable en el papel de refutador de esta concepción del hombre primitivo. A él le tocaba demostrar que cierta lógica guiaba su comportamiento y que seguramente su sabiduría escapaba al observador occidental. En esta época de neorromanticismo, el antropólogo ético se sorprende al encontrarse de repente en el otro extremo. Actualmente, el hombre primitivo es utilizado por los occidentales, igual que lo fue por Rousseau o por Montaigne, para demostrar algo referente a su propia sociedad y reprobar los aspectos de la misma que les parecen poco atractivos. Los “pensadores” contemporáneos tienen el juicio fundamentado y equitativo en tan poca consideración como sus antecesores. Un ejemplo que me impresionó especialmente antes incluso de ir al país Dowayo fue una exposición de objetos de los indios pieles rojas. En ella se exhibía una canoa de madera y nos informaban que “las canoas de madera funcionan en armonía con el entorno y no son contaminantes”; junto a ella había una fotografía del proceso de contrucción en la que aparecían los indios quemando grandes extensiones de bosque para obtener la madera adecuada y dejar que se pudriera el resto. El “noble salvaje” se ha alzado de su tumba y se encuentra vivito y coleando en el noroeste de Londres, igual que en algunos departamentos de antropología.

Lo cierto es que los dowayos sabían menos de los animales de la estepa africana que yo. Como rastreadores, distinguían las huellas de motocicleta de las humanas, pero esa era la cima de su conocimiento. Al igual que la mayoría de los africanos, creían que los camaleones eran venenosos y me aseguraron que las cobras eran inofensivas. Ignoraban que los gusanos se convierten en mariposa, no distinguían un pájaro de otro ni te podías fiar de que identificaran bien un árbol. Muchas plantas carecían de nombre aún cuando las usaran con frecuencia; para referirse a ella tenían que dar largas explicaciones: “La planta que se usa para extraer la corteza con la que se fabrica el tinte.” Gran parte de los animales de caza se habían extinguido debido al uso de trampas. En lo que se refiere a “vivir en armonía con la naturaleza”, a los dowayos les quedaba mucho camino por recorrer. Con frecuencia me reprochaban no haber traído una ametralladora de la tierra de los blancos para poder así erradicar las patéticas manadas de antílopes que todavía existen en su territorio. Cuando los dowayos empezaron a cultivar algodón para el monopolio estatal, les suministraron grandes cantidades de pesticidas, que ellos inmediatamente aplicaron a la pesca. Arrojaban el producto a los ríos para después recoger los peces envenenados que flotaban en la superficie. Esta ponzoña sustituyó rápidamente a la corteza de árbol que habían utilizado tradicionalmente para ahogar a los peces. “Es maravilloso -explicaban-. Lo echas y mata todo, peces pequeños y peces grandes, a lo largo de kilómetros.”»

El fragmento es de El antropólogo inocente, de Nigel Mansel Barley (gracias a Pez Chico por el lapsus mental). Les gustará, háganme caso.

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24.02.07
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DGT.es

DGT.es

(anuncio ficticio)

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21.02.07
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I’m an alcoholic

«Créeme cuando te digo que la gente no sabe qué es esto. Sólo ven vagabundos tirados en las esquinas, aferrados a una botella, y se preguntan por qué no dejamos de beber; por qué no acabamos con nuestro vicio. Así de fácil, así de sencillo, como si sólo fuese eso: un simple y puto vicio. ¡Ójala! Pobre borracho, me han escupido a la cara muchas veces. Nunca sé si os damos pena o asco. Veis lo que queréis ver. Nos veis a nosotros durmiendo en un portal, pero no veis, o no queréis ver, a ese que necesita bajar al bar un sábado a las siete de la mañana porque necesita una copa de coñac, ni a la maruja de barrio, ni al adolescente colgado del vodka. Vosotros sólo nos veis a nosotros, putos vagabundos, putos mendigos. Mírame. Mírame. No sabes, no saben nada; qué coño vas a saber tú. Tú no ves las caras plagadas de arañas vasculares, no sientes los temblores, no sientes las convulsiones. Con la heroína bajas al infierno, pero con el alcohol no sólo bajarás, sino que con algo de suerte te quedarás allí. La gente no sabe que dejar de beber puede matarte, pero yo sí que lo sé. Eso lo aprendes; cuesta poco darse cuenta. Vosotros sois simplemente un montón de gilipollas sin puta idea de nada. Pensáis que lo sabéis todo y no tenéis ni puta idea, sentados en vuestro mundo de mierda. Ni puta idea. Así que mira, no me jodas, y métete tus sermones y tu compasión donde te quepan.»

sebastianDell
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19.02.07
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Ricardo

Ricardo me lo dijo meses más tarde. Al final, me confesó que aquel acto de valentía, honradez y responsabilidad social que me había estado contando hasta entonces, había tenido unas razones algo más sustanciosas y sólidas que los etéreos principios morales sobre los que me solía sermonear. Filtrar aquel informe interno, en el que había estado trabajando durante seis meses, le costó su trabajo y su carrera; a nadie le gusta tener un chivato en plantilla. Se arrepentía de lo que había hecho, aunque no me cabe duda de que más influido por las consecuencias que por el hecho en sí; quería, ansiaba sentirse justificado moralmente, aunque los dos sabíamos que la ética había tenido más bien poco que ver en todo aquello.

Ahora no lo habría hecho era la cantinela que repetía sollozando cada vez que llegaba al cuarto o quinto whisky, que de una forma u otra, siempre acababa pagando yo. Porque los quince mil euros que había conseguido de su contacto en el periódico, una vez estuvo sin trabajo, con un despido procedente en la mano y su creciente afición por el alcohol, le duraron más bien poco; los últimos ochocientos nos los gastamos él y yo yendo una noche de putas. Las chicas las pagó él, y creo que precisamente esa es la razón de que le siga pagando los whiskys.

Esa, y que gracias a aquel informe, aunque él no lo sepa, yo ascendí a reportero jefe.

sebastianDell
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10.02.07
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¿Apuestas?

Hace cosa de unos cuantos meses, salió a la luz en varios periódicos europeos que algunas casas de apuestas por Internet estaban estudiando en común diversificar su, llamémoslo así, “ámbito de aplicación”, a cuestiones que iban mucho más allá de los meros acontecimientos deportivos. Aunque muchas de ellas ya habían introducido temas sociales de cierto interés (los Oscar, por ejemplo), y lo continúan haciendo (ganadores de OT o Gran Hermano, sin ir más lejos), en este caso las apuestas tocaban temas algo más… peliagudos. Básicamente, se trataba de aprovechar los datos oficiales de conflictos bélicos, criminalidad, o desastres naturales, para añadir una nueva categoría de sucesos sobre la gran variedad de situaciones sobre las que se podían realizar ya apuestas. Preguntas del tipo ‘Muertos declarados oficialmente al final de la semana en Irak’ o ‘Condenados a muerte en el estado de Texas durante el segundo semestre de 2006′ eran algunas de las delicadas apuestas que se planteaban en el informe que se filtró a la prensa a través de un ex-empleado.

Como es natural, las diferentes implicadas se apresuraron a enfatizar lo preliminar de aquel estudio y su condición de meramente orientativo, aunque la presión que se generó desde algunos grupos sociales, principalmente en el norte de Europa, obligó a éstas a desestimar totalmente tal macabra introducción de la muerte en el mundo del juego. A raíz de aquello, más de una docena de personas fueron despedidas, aunque no se sabe si por su relación con el citado estudio, o en relación con la filtración del informe.

sebastianDell
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09.02.07
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